Madrugada violácea, que se marchita poco a poco en la sanidad de la hora.
Las hojas caen tal y como se desplazan las ideas. Recorría la noche y el día en compañía de simples manzanares, despinzando unas morenas lejías.
"¿Ya es suficiente?", se preguntaba mientras contentaba irónicamente una mugrienta sequía de plantías mentales; y con lentitud se violentaba intentando palmar una mera romería.
Los calcinados correntíos eran muy visibles: no quedaba nada para salvar durante los armisticios.
Con sudor en su plana frente, decidió excavar un viejo cajón de madera con una hoja de papel.
"Eres lo último que queda" comentó, y sin tapujos rasgó parte de su piel para obtener tinta roja.
Con severo cuidado, resguardó la hoja otra vez y, con amargo sabor, cayó al sediento suelo.
Desde entonces nadie volvió a escuchar su respiración.
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