Desolados paisajes recorrían los ojos; una devastadora matriz los arrastró al profundo hueco del suelo. No quedaba nadie más.
"Mátame", le dijo. "Mátame para que puedas sobrevivir", insistió. Sus cuerpos ya estaban muy malheridos, un golpe brutal más y ya podrían morir.
Vaciló, como cualquier persona lo haría si la persona que adora le pidiera eso. Sin embargo, prefería ser ella quien se sacrificara.
Luego de un abrazo, ella se cortó el cuello y se dejó desangrar. Él solo sostuvo su cuerpo, mientras lloraba y le agradecía por su vida. Ella aún tenía ternura en sus ojos antes de su último destello de vida.
"Jamás vas a arrepentirte".
Con las manos temblorosas, guardó el reloj de ella y sacó el oxígeno que le quedaba. Respiró y salió del hueco con mucho esfuerzo.
El paisaje cambió: era hermoso, pero solitario.
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